Pensaba que a estas alturas, la vida ya había perdido toda capacidad de sorprenderle. Su propio historial de momentos que habían marcado una diferencia o habían tenido algún significado, así lo confirmaba. Al final llegaba a la conclusión de que daba igual cuánto se esforzara por imaginar o predecir el siguiente paso, siempre surgía un imprevisto que mejoraba sus pronósticos.

Se aproximaba a otro de esos momentos cruciales en los que una decisión importante iba a ser tomada, lo sentía ya en sus dedos y en sus talones. En pocas horas, el veredicto determinaría cuestiones tan importantes como la ciudad donde viviría, las siguientes personas que conocería o aquellas con las que ya nunca se encontraría, las experiencias con las que nutriría el guion de su vida y de las que surgirían las historias que contaría a sus nietos. Lo único malo era que esa decisión no era suya.

Recordaba que una vez un profesor les contó en clase que el motivo por el que conoció a su mujer fue que le faltó medio punto para estudiar la carrera que quería. Al no ser admitido, se fue a estudiar a otra ciudad y allí conoció a la que había sido su compañera en los últimos y felices diez años de su vida.

¿Por qué enfadarse entonces por los fracasos o lamentarse por las decepciones?, ¿qué sentido tiene aferrarse a aquello que pensamos que es lo mejor para nosotros? Quizá sea más sensato despreocuparse y dejarse llevar por la mano providente que siempre termina conduciéndonos al origen de los mejores momentos de nuestra vida. Por algo dicen que los mejores planes son los imprevistos.

Entre la tranquilidad y la incertidumbre, miraba de reojo su teléfono móvil esperando ver iluminarse la pantalla y escuchar sonar aquella melodía, que al descolgar le volvería a recordar que la vida es emocionante.

“I’m working on a dream, though sometimes it feels so far away.
I’m working on a dream and I know it will be mine someday”
Hoy mi canción es: Working on a Dream Bruce Springsteen