Apagué la televisión y subí a la terraza. El cielo enrojecido, como herido de muerte, era el preludio de la oscuridad, que no tardaría en llegar. Las nubes se cernían sobre el horizonte como un telón que desciende lentamente preparando a los espectadores para el aplauso final.

Abajo, en la profundidad de la calle, las personas se movían con más prisa de la habitual, con una agitación propia de la incertidumbre, alimentada por la superstición. Todos los informativos hablaban de ello, era la comidilla en la oficina, el chiste del día en las radios, el trending topic mundial, una oportunidad comercial más para los negocios.

Hoy era ese día en el que muchos habrían hecho algo por primera vez, como si fuera la última. A esta hora de la tarde se sucederían las cenas familiares, las llamadas a larga distancia, los delitos, los actos sexuales, los suicidios y las colas en los confesionarios, por si las moscas.

Un amigo me dijo una vez que si mañana fuese el fin del mundo, él seguiría viviendo como si no lo fuese. Sólo aquellos que no han vivido con templanza se arrepienten de lo que les ha quedado por hacer.

Con las primeras gotas cayendo del cielo decidí volver a mi habitación, pensando que nunca me había imaginado un final catastrófico; más bien un rápido letargo o un desvanecimiento lento, el tiempo justo para poder rezar un padrenuestro y alguna jaculatoria breve, si Dios no nos pillaba confesados.

Haciendo un breve repaso por mi vida, comprobé que ya había cumplido todos los objetivos que me había propuesto a mi edad. Había sido feliz y había estado triste, me amaron y también me rechazaron, saboreé el triunfo en el mismo vaso que el fracaso.

Y ya rendido en la cama, puse el despertador a las siete y cuarto, como siempre, y pensé que si no hubiese mañana, mi vida ya habría valido la pena.

“Que las verdades no tengan complejos, que las mentiras parezcan mentiras,
que el fin del mundo te pille bailando, que nunca sepas ni cómo ni cuándo.”
Hoy mi canción es: Noches de boda” Joaquín Sabina