
Vértigo
Cuarenta y cinco minutos de cola no fueron suficientes para lograr que justo cuando le tocaba subir a la montaña rusa, desapareciera ese respeto, que no miedo, que todo aparato mecánico que alcance los cien kilómetros por hora debería dar.
Cuarenta y cinco minutos de cola no fueron suficientes para lograr que justo cuando le tocaba subir a la montaña rusa, desapareciera ese respeto, que no miedo, que todo aparato mecánico que alcance los cien kilómetros por hora debería dar.
El mundo comenzó a moverse como si fuera una de esas bolas de cristal que cuando la agitas simula una nevada sobre la ciudad que encierra. Las calles que parecían rectas y llanas se volvían ascendentes y descendentes como la cubierta de un barco en una noche de fuerte marejada.
Nueve mil setecientos treinta y cuatro pasos después de iniciar un paseo improvisado habían sido suficientes para llenarle la cabeza de una retahíla de pensamientos que cuarenta y nueve minutos después y tras haber recorrido media ciudad, no le habían ayudado a llegar a una decisión concreta. Se sentó en el último escalón a la sombra de la puerta principal de la Catedral de la Almudena para poder apoyarse en una de las columnas y, estirando las piernas hasta tres escalones más abajo, permaneció cincuenta y siete minutos más, esperando ver pasar el tiempo.
El tren parece el lugar más alejado del mundo al tiempo que comienza la marcha dejando atrás la estación, difuminándose en agua por el efecto del calor. Siento cómo cada pedalada del vagón cogiendo velocidad acelera los recuerdos de un fin de semana que desde la distancia he compartido contigo.
‘Próxima parada…’ Se abren las puertas con el recibimiento en formación coral de diez pares de ojos que no han visto la pegatina arañada que indica la preferencia del que sale del vagón. ‘Señora no empuje…’ A la izquierda, sentados en uno de los bancos del andén siete jóvenes preadolescentes apoyan su espalda en un cartel publicitario: ‘Dona semen, dona óvulos, dona vida’; en pie y apoyando su espalda en la pared una mujer en avanzado estado de gestación ruega con sus ojos que alguien le ceda un sitio, finalmente una anciana accede. En las escaleras mecánicas un hombre trata de subir corriendo arrastrando su maleta: ‘Disculpen tengo prisa, voy a perder el tren’, pero una chica detenida en la parte izquierda mantiene una importante conversación con su peluquera a través de su teléfono móvil y le ignora.
El frío del febrero anocheciente se transformó en un segundo en el más cálido día de agosto. El calor se apoderó de su cuerpo como si se hubiese tomado tres chupitos de ron. Las manos nerviosas buscaban un lugar en el aire en el que esconderse, las piernas flaqueaban y amenazaban con dejarle caer. La frente se llenó de sudor como en sus días más febriles y el corazón redoblaba sus latidos ante la sensación de asfixia que inundaba sus pulmones.