Caminando lentamente a través de la densa cortina de agua que cuelga de las nubes, grises y tristes como el atípico día de hoy. Las calles, vacías de vida, pintan en el aire cientos de postales en blanco y negro llenas de melancolía, pero tan efímeras como un parpadeo.

Empapado hasta los huesos no siento el frío, el simple recuerdo de la noche anterior es suficiente para mantener la calidez en mi interior. Una mirada, un gesto, una palabra, un suspiro y de nuevo la lluvia.

La niebla se vuelve cada vez más densa, algunas siluetas se mueven entre su espesor, corren porque no tienen paraguas. Mi pelo mojado deja caer pesadas gotas que resbalan veloces por mi cara como lágrimas dulces, acariciando mis labios y mis mejillas, precipitándose finalmente al vacío.

Mis pasos errantes me conducen a la puerta de un café solitario. Tomo asiento en una mesa situada estratégicamente junto a una ventana, pues no quiero perder de vista la imagen que inspira mis pensamientos. Con la taza en la mano doy pequeños pero largos sorbos con la mirada fija en el cristal salpicado.

Es tan grande el deseo de estar contigo que mi mente imagina que te acercas lentamente empapada de arriba a abajo, pensativa, saboreando un recuerdo reciente, y abres la puerta del café y estratégicamente te sientas en mi mesa y tomas tu bombón despacio, mirando a la calle. Durante un segundo nuestros ojos se cruzan en el reflejo del cristal.

Tu rostro imaginario se rompe cuando la camarera se acerca para decirme que ya van a cerrar. Es de noche, la niebla lo inunda todo y ha dejado de llover. Vuelvo a casa.

«Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú»
Hoy mi canción es: «Esta tarde vi llover» Armando Manzanero

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