El ladrón de libros

Miró al final del pasillo que se abría entre las estanterías para comprobar que don Antonio seguía recostado en su silla tras el mostrador. Con un libro entre sus piernas y las gafas de cerca a punto de precipitarse del borde de su nariz, había dado ya el pequeño salto que convierte las historias de papel en películas de sueño.

Don Antonio era uno de esos hombres que cuando enviudan se vuelven ásperos e introvertidos. Todos decían que su mujer era una santa y que su muerte repentina había destrozado la vida de su marido. Las malas lenguas le relacionaban con negocios de trastienda y borracheras; otros decían que simplemente estaba loco y su mala fama dejó su librería casi sin clientela. Pero lo cierto es que era simplemente un anciano solitario, que había encontrado compañía en los libros y la ginebra.

Tenía que darse prisa, no tenía mucho tiempo. En cualquier momento podía pasar el cartero con su ruidosa motocicleta o el perro de la señora Celia y despertar a don Antonio de sus aventuras por París, Salamanca o Macondo. No era la primera vez que lo hacía, pero tenía la impresión de que tarde o temprano todo su plan sería descubierto.

Se veía a sí mismo como una especie de espía soviético o un ninja o uno de esos mensajeros que atravesaban las fronteras con un salvoconducto para poner a salvo los documentos confidenciales del gobierno.

Pero lo cierto es que era un chico que vivía en un pueblo pequeño, sin muchos niños de su edad, en el que cada vez se le hacían más largos e insoportables los días de verano. Sus padres le compraron una bicicleta esperando que fuese suficiente para tenerle distraído. Solía subir por las tardes hasta el antiguo molino de aceite para jugar a la defensa del castillo y leer los libros de don Antonio. Hasta que un día, jugando entre las prensas, se cayó y se cortó con una de las botellas, que los jóvenes del pueblo habían dejado el fin de semana anterior. Aunque la herida no necesitó más que un par de puntos, sus padres le prohibieron, desde entonces, subir al molino y como la nueva autopista cortaba el paso hacia el pantano, terminó por dejar abandonada la bicicleta en la cochera.

Se quedó mirando fijamente la estantería que tenía enfrente, hizo ademán de alcanzar la balda superior, pero aún no había crecido lo suficiente para llegar a ella. Así que se conformó con los que tenía a mano y escogió tres: uno de cuentos de un tal Dickens, otro llamado ‘Paraíso inhabitado’ y uno de poemas de Juan Ramón Jiménez.

Volvió a mirar al fondo del pasillo y, tras comprobar que todo seguía en orden, se levantó la camiseta y, a modo de armadura, fue colocando los tres libros en su vientre. Se estremeció levemente por el contacto frío de las tapas e introdujo la camiseta dentro de las bermudas para que estuviesen más sujetos. Se cruzó de brazos para camuflar su botín y comenzó a caminar lentamente hacia el final del pasillo.

Con paso vacilante pero constante llegó hasta el mostrador, donde don Antonio seguía dialogando oníricamente con Unamuno, Cela y Chesterton. Tenía la puerta a un par de pasos y ya se sentía el más valioso agente de los servicios secretos británicos cuando, de pronto, apareció ante él la figura de Lucía.

Lucía era una de esas niñas de ciudad que vivía en la nueva urbanización que habían construido junto al pueblo. La vio por primera vez un domingo en la iglesia y cuando él se giró a darle la paz, ella levantó la mirada hacia el techo, como si estuviese contemplando una visión, y no la apartó de allí hasta que él, humillado, se volvió de nuevo. En otra ocasión coincidieron en una de las verbenas que organizaban para las fiestas patronales. Él estaba sentado observando a los adultos bailar las canciones de moda de ese verano. Sintiéndose observado giró su cabeza a la izquierda y, a pocos metros, allí estaba ella, jugando con su teléfono móvil y tratando de disimular que había sido descubierta.

Aunque él había tratado de ser amistoso en varias ocasiones, ella no había demostrado ni un mínimo interés. Así que verla allí de pie, mirándole de arriba a abajo e intuyendo sus intenciones, le hizo entrar en pánico. Sobresaltado, separó las manos de su vientre y los libros se deslizaron por sus bermudas hasta golpear fuertemente el suelo de madera.

Los ojos de don Antonio se abrieron de golpe y escrutó a su alrededor buscando el origen del ruido. Miró al chico, después a la chica y por último, los libros en el suelo.

-«Don Antonio, yo… «- trató de decir él.

– «¡Calla!, ya sé lo que estabas haciendo y sé lo que haces cada vez que apareces por aquí. Soy viejo, pero no soy tonto.»

Él agachó la mirada admitiendo su culpa y se puso a pensar en qué castigo le impondrían sus padres al enterarse. Buscó de reojo una sonrisa triunfalista en ella, pero solo encontró una expresión de temor, mientras decía nerviosa:

-«No ha sido culpa suya, estábamos aquí… yo le dije que…»
 
El chico no salía de su asombro, pero permaneció en silencio, expectante ante el desenlace de la situación.

-«¿Vas a mentir por este granuja? Te diré una cosa: nunca pongas en duda tu honor por defender a otra persona, porque hasta los que dicen ser tus amigos, un día te dejarán de lado.

Los dos niños se miraron encogiendo los hombros sin entender muy bien qué quería decir con ello. Don Antonio señaló los libros e hizo un gesto con la mano para que el chico los recogiera y se los acercara. Él obedeció de inmediato y se acercó lentamente, temeroso ante la posibilidad de recibir como premio un pescozón.

En vez de eso, don Antonio se ajustó las gafas y comenzó a inspeccionar los libros.

-«A ver qué has cogido esta vez…»- murmuró, y asintiendo con una especie de gruñido se los devolvió al chico.

-«Cuando termines de leerlos ponlos en esta mesa, que nunca los dejas en su lugar. Y ahora largo de aquí»- y dando por terminado el asunto, le escoltó con la vista hacía la calle, hasta que se cruzó con la mirada de Lucía, que seguía inmóvil junto a la puerta.

-«Yo… yo solo quería un libro de crucigramas para mi abuela.»- dijo ella.

Su corazón todavía latía con fuerza al salir de la librería, mientras en su cabeza trataba de dar sentido a todo lo que acababa de pasar. Sin darse cuenta tropezó con una bicicleta que estaba tirada en el suelo. Al ver que tenía un muñequito colgado del manillar intuyó que era de Lucía. La urbanización no estaba lejos, quizá a un par de kilómetros del pueblo, una distancia cómoda para hacer en bicicleta.

-«¿Además de robar libros, también robas bicis?- dijo de pronto Lucía detrás de él.

Fueron pasando las semanas de aquel verano y cada vez que volvía a la librería de don Antonio y dejaba sobre la mesa los libros que había tomado prestados, encontraba un nuevo montoncito que el anciano librero le había preparado.

«Qué lindo el campo, muy bien ya lo sé,
pero pa’l pueblo voy echando un pie,
si tú no vienes, mejor es así,
pues yo no sé qué será de mí.»
Hoy mi canción es: «Me voy pa’l pueblo» Los Panchos

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