Aunque no lo recuerdo con claridad, creo que debería de tener unos cinco años cuando comencé a notar que cada mañana sin excepción encontraba sobre mi mesa al despertarme un folio en blanco, en el que sólo estaba escrita la fecha de ese día. En él se escribían mágicamente todas las cosas que me ocurrían a lo largo del día: los lugares a los que iba, las cosas que hacía, los momentos tristes, también los felices, mis pensamientos… todo quedaba registrado y cuando terminaba el día, justo en el momento en el que me metía en la cama, ese folio desaparecía. Al día siguiente la historia se repetía, volvía a aparecer otro folio en blanco con la fecha de ese día, y al finalizar se volvía a esfumar.

Al principio tuve la tentación de contárselo a alguien, pero no quería que nadie leyese lo que yo hacía o pensaba y pudieran así descubrir mis secretos. Así que cada noche me sentaba a leer, muy despacio pues aún estaba aprendiendo, todo lo que había hecho durante el día, tratando de entender la razón de aquel extraño fenómeno.

Me fijé en que algunos días el trazo era regular y elegante, otros parecía que hubiese sido escrito con prisa; algunos días la tinta era azul, otros roja, otros negra. Había días en los que había tachones y en otros las líneas aparecían torcidas.

Conforme fui aprendiendo a escribir me di cuenta de que mi caligrafía era idéntica a la del folio y comprendí que quizá era yo el que tenía que escribir en el folio todo lo que me pasase durante el día. Y así comencé a hacerlo, aunque noté algunas rarezas.

Si escribía alguna cosa que no había hecho, se borraba y quedaba un espacio en blanco en el que ya no podría volver a escribir. Si caía una lágrima, el papel la absorbía y la dejaba marcada para siempre, si el papel se arrugaba, era imposible alisarlo de nuevo. Si algún día no escribía nada, ya no podría volver a rellenar esa hoja. Si alguien más intentara escribir en ella, la tinta se volvería invisible, porque entendí que el folio era personal e intransferible, y sólo yo podía escribir en él. Si se me olvidaba escribir algo, no podía poner asteriscos, una vez empezaba a escribir ya no se podía volver atrás.

Se podía dibujar y pintar en él, pero ocupaba un espacio que no podría aprovechar para escribir, lo mismo ocurría si me iba por las ramas contando alguna cosa sin importancia, le quitaba sitio a otras más importantes.

Desde entonces y hasta hoy, cada día he ido rellenando páginas y más páginas y he ido comprendiendo el gran misterio que encierra esta rutina cotidiana.

Mi teoría es que todos escribimos un libro y una vez que hayamos rellenado la última hoja y ésta desaparezca, al día siguiente encontraremos un libro, un gran libro en el que estarán recogidas todas las hojas, perfectamente encuadernadas con sus dibujos, sus tachones y su texto. Los más afortunados tendrán más de 30.000 hojas, otros quizá no lleguen a la mitad, puede que los libros de algunos parezcan más bien folletos de pocas hojas, y habrá otros que ni siquiera tengan libro.

Y ese libro se lo tendremos que entregar al gran librero, para que lo incluya en su biblioteca. Si le gusta mucho lo que hemos escrito, pondrá nuestro libro en su mesita de noche, si no le apasiona pero le parece aceptable lo colocará en su estantería. Si no le gusta, posiblemente lo use para encender la chimenea y calentarse.

Así que tratemos de aprovechar cada día de nuestra vida para hacer cosas de las que realmente estemos orgullosos, no perdamos el tiempo, porque al final del día, esa jornada desaparece y no podremos recuperarla. Los errores se pueden corregir, pero siempre quedará su rastro. Los sueños son importantes, pero se construyen con el esfuerzo de cada día.

‘And I’ll taste every moment and live it out loud,
I know this is the time to be more than a name or a face in the crowd,
I know this is the time,this is the time of my life…’
Hoy mi canción es: ‘The time of my life’ David Cook

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