Y ahí estábamos, cinco amigos tirados en el sofá intentando trazar un plan que fuese mejor que acabar en cualquier pub barato con barra libre primeras marcas toda la noche o acudir engalanados a un exquisito salón más farandulero que glamuroso, en el que te reciben con una copa de champán y no tienes espacio ni para dejar la chaqueta.

Qué difícil resulta a veces encontrar una buena alternativa a las nocheviejas tradicionales. Cuando allá por octubre a alguien se le ocurre preguntar qué se va a hacer para fin de año, todo el mundo le replica que aún falta mucho tiempo y que ya se verá. Exacto, enseguida se hace principios de diciembre y entonces a todo el mundo le entran las prisas.

«Podríamos ir a una casa rural«; y cuando buscas te das cuenta de que ya está todo ocupado y lo más parecido es un viejo caserón medio en ruinas, en un pueblo perdido de Extremadura, sin luz ni agua corriente… ideal para aventureros, aunque hay que tener en cuenta que las ventanas no tienen cristales.

«Podríamos ir a la nieve«; pero enseguida salta ese amigo medio-pijo que va todos los años a Baqueira con sus papis en la semana blanca y echa por tierra la propuesta.

«Podríamos ir a Madrid a la Puerta del Sol«; sí, a todo el mundo le parece muy bien, pero nadie se pone de acuerdo, porque unos quieren ir en coche, pero todos quieren beber; unos quieren reservar un hostal y otros pasarse toda la noche de fiesta o incluso dormir en cualquier sitio.

Cuando estas tres propuestas fallan ya se presiente la fatalidad en el ambiente:
«bueno, si no sale nada siempre podemos ir a tal fiesta que organiza un amigo mío y me ha dicho que este año sí que hay resopón y no dejan entrar a niñatos.«

Por lo visto, alguien desde las alturas se apiadó de nosotros y nos mandó una solución en forma de periódico caducado. Ahí estaba encima de la mesa, sin que nadie le prestara atención. Menos mal que el aburrimiento me llevó a ojearlo con desinterés, porque sino no habría descubierto en la esquina inferior izquierda de una página impar, un pequeño anuncio de una de estas compañías aéreas de bajo coste, que ofrecen vuelos por el precio de dos entradas de cine.

Ya podía imaginar estar tomándome las uvas bajo el gran campanario dorado, con el río que segmenta la ciudad a mis espaldas. Ya sentía la emoción de la cuenta atrás, los gritos de la gente, seguidos del silencio nervioso que acompaña a la primera campanada. Veía la lluvia de confeti y serpentina cubriendo el cielo, las luces, los colores, podía sentir los achuchones con esos desconocidos que hablaban inglés.

Una voz desde lo alto me sacó de mis pensamientos:
«Calling all passengers. Last call for flight EY-1459 to London«

«Y en el reloj de antaño, como de año en año, cinco minutos más para la cuenta atrás…».
Hoy mi canción es: «Un año más» Mecano

Relatos relacionados

Pin It on Pinterest