En el silencio de la noche, un quebranto interrumpe el caminar del agua por las orillas del río y se dispersa entre las sombras de los olmos, que bailan como serpientes al compás de la flauta mágica del viento, junto con los cantos de los búhos y el aleteo de algunos murciélagos, uniéndose a la triste estampa que protagoniza un solitario con el corazón hecho cenizas de amor.

Bajo un cielo estrellado que las nubes no dejan ver, se cuela un rayo de luna, brillante y sedoso que impacta en medio de un claro que se abre en el bosque, señalando el lugar desde donde un hombre que ha perdido la esperanza, se aferra por no perder también la cordura.

Su lamento es tan profundo que las piedras se estremecen, los juncos se quiebran y la piel de la tierra se agrieta, absorbiendo el agua y las sales minerales de cada gota de lágrima amarga que se ha desprendido del llanto de unos ojos escocidos de dolor.

Grita su angustia, pregona su desaliento, comparte su pena con las montañas burlonas que devuelven su eco, se ríen entre dientes las alimañas desde sus escondrijos, murmuran los espectros que moran en el bosque, silba el viento en sus oídos sugiriéndole locura y vesania.

Ruega, finalmente, alcanzar el epílogo de su existencia, pues una vida vacía posee el valor de un cuerpo sin alma, y en el alma residen la sensibilidad, la armonía y la belleza auténticas, que son despreciadas por el encanto caduco de la materia, conocedora únicamente de vanidades y superficialidades.

Pero ya sangran en el horizonte las nubes, preludio de la metáfora del ave de fuego, que conocedora de la miseria del mundo no duda en renacer cada mañana para poner luz donde antes sólo había tinieblas, para alumbrar a los corazones sombríos y prender de vida a los moribundos.

Tendido en tierra, rendido sin más fuerzas y con un par de lágrimas secas sobre sus mejillas, fue esa visión de los primeros rayos de sol bañando su rostro acomodado entre la hojarasca, la que logró devolverle el consuelo.

‘Pero si tú no estás, si tú te vas, la luna mengua y desaparece
y las estrellas la encontrarán y descubrirán que mis lágrimas mece en algún lugar,
sin más amparo que mi propia soledad.
Y ahora morirme no sería más desgracia que perderte para siempre…’
Hoy mi canción es: ‘Sabes’ Álex Ubago

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