Cuenta una antigua leyenda que en un pequeño pueblo escondido entre los inmensos bosques del centro de Europa, atravesado por un gran río y flanqueado por montañas altísimas, vivía una hermosa joven. Bajaba todas las mañanas al río para recoger agua y día sí y día también se encontraba allí a un apuesto joven que solía refrescarse después de cortar algunos troncos para hacer leña.

Ella estaba enamorada de él, pero como era muy tímida, nunca se atrevía a hablar con él y se limitaba a mirarle de reojo sin que se diese cuenta, o eso pensaba ella.

Siempre que le veía acercarse se enrojecía su cara y corría a esconderse para que no la viese. Él, que hacía tiempo que había notado este comportamiento, trataba de armarse de valor para poder algún día declararle su amor.

Pero había en aquel pueblo otra joven enamorada del apuesto chico y no estaba dispuesta a verle en brazos de otra mujer: o era suyo o no sería de nadie. Por ello, subió a una montaña a las afueras del pueblo donde vivía un malvado hechicero y le pidió consejo. El hechicero le dijo que tenía un conjuro que podría ayudarle y convirtió a la chica en una enorme piedra blanca. La colocó en el cielo, custodiada por el poderoso guardián Sol, para alejarla para siempre de su enamorado.

Desde entonces, ella, mientras el guardián Sol duerme, le roba un poco de su lumbre y sale a buscar a su amado por la Tierra. Y así recorre todo el mundo noche tras noche sin desfallecer. Únicamente una vez cada cierto tiempo consigue encontrarle, pero como sigue siendo tímida, se enrojece enseguida, corre a esconderse y llora amargamente su desgracia…

Los que creen esta historia dicen que éste es el origen de los eclipses lunares. Yo no le doy mucho crédito, pero cada vez que veo uno, me gusta pensar que quizá algún día el hechizo se rompa y la Luna pueda reencontrarse con su amado.

«Tonto el que no entienda, cuenta una leyenda
que una hembra gitana conjuró a la luna hasta el amanecer.»
Hoy mi canción es: “Hijo de la Luna” Mecano

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