«Cuando una mañana amenaza lluvia, debería estar prohibido ir a trabajar», esbozó una pequeña sonrisa esperando que nadie a su alrededor hubiese escuchado sus pensamientos.

Sentado en uno de esos bancos de parque en los que ocurren todas las historias interesantes, observaba la rutina de un lunes por la mañana en la que no tenía nada especial que hacer.

Hay lugares en los que el aire, el polvo o la luz configuran una atmósfera enrarecida que provoca que los pensamientos fluyan sin querer, sin querer parar.

Las hojas de los árboles, olmos, arces y acacias, chocaban entre sí empujadas por el viento, tintineando la llegada de una tormenta inminente.

Descubrió el ala derecha de su chaqueta y de su bolsillo interior extrajo su última adquisición en una de esas librerías de barrio que regentan ancianos sabios, que poco a poco ven morir su negocio ante el avance impetuoso de la crisis de las ideas y el pensamiento.

Retiró el retal de fotografía que utilizaba como marcapáginas y releyó rápidamente buscando el punto exacto en el que había detenido la lectura la vez anterior.

Leyó dos párrafos y se detuvo, saboreando la última frase en su mente, paladeando las palabras. Continuó y su mente le trasladó muy lejos de aquel parque, al callejón oscuro de un nocturno Londres venido a menos, donde el protagonista, uno de esos inconformistas que ponen la semilla para producir un cambio social, salía furtivamente de una tienda de reliquias históricas, tratando de no ser visto.

Comenzó a caminar unos pasos detrás del protagonista y podía compartir su miedo, su tensión e incluso el vaho que exhalaba por el frío. Atravesaron corriendo varias calles en penumbra hasta que un ruido a sus espaldas les hizo detenerse de golpe.

Una mujer les estaba siguiendo, una mujer que ambos reconocían aunque no veían a la misma persona. El protagonista, creyendo que había sido descubierto, salió corriendo, pero él permaneció inmóvil y esperó a que la mujer le alcanzara.

– «¿Qué haces tú aquí?» -dijo ella- ¿no sabes que ésta es mi historia? No tienes ningún derecho a estar aquí.
– «Lo sé, pero pensé que quizá podría…»
– «Que podrías qué, ¿entrometerte en mi vida a través de este libro?
– «No es eso, sabía que este libro te gustaba y pensé que leyéndolo podría comprender un poco mejor…»
– «¡Vete!, no trates de arreglar en la ficción, lo que estropeaste en la realidad.»

Entonces comenzó a llover, primero en la historia del libro y después sobre sus hojas de papel.

Miró a su alrededor y vio cómo lo que antes era una nítida panorámica del parque comenzaba a pintarse en  acuarela por el efecto de la lluvia. Cerró el libro de golpe, olvidando marcar la página, miró su reloj, recogió la maleta del suelo y salió corriendo hacia la estación.

«If you were on my mind, all night and day, blame it on my youth.
Don’t blame it on my heart, blame it on my youth»
Hoy mi canción es: «Blame it on my youth» Jamie Cullum

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