Los nervios del primer día le hacían estar alerta ante cualquier movimiento, palabra o persona que fuese registrada por sus sentidos.

La desorientación, que le impedía desplazarse con soltura por los laberínticos pasillos, le obligó a tomar como referencia pequeños detalles como el pomo de una puerta, una mancha en las baldosas, los cuadros de las paredes o la papelera de algún rincón, que a modo de migas de pan, le permitían cumplir con los recados y volver sin perderse a la sala principal para continuar con su trabajo tras la pantalla del ordenador.

El trajín de personas dirigiéndose de un lado para otro cargados con papeles y prisas era constante. A veces se quedaba mirando todos esos rostros que aún le eran desconocidos, tratando de imaginar qué circunstancia en la vida de cada uno de ellos, les habría reunido en ese momento, en esa redacción.

Intentaba relacionar los nombres y las caras de los que le presentaban con otros nombres y otras caras que él conociese y que le ayudasen a memorizar toda esa información.

Estuvo haciendo este ejercicio, hasta que el protector de pantalla le recordó que tenía trabajo que hacer. Moviendo el ratón volvió a la hoja en blanco de Word en la que sólo había un título: «Entrevista a Nuria Sanjuán». Ella era la representante de un partido de la oposición que acudiría esa misma tarde al programa para ser entrevistada sobre una reforma fiscal que el gobierno local quería promover.

Su falta de experiencia y el poco interés que le despertaban los asuntos políticos le mantenían desde hacía un buen rato en un estado de parálisis mental, que le impedía plantear ni una sola cuestión.

Los minutos pasaban y la desesperación crecía exponencialmente cada vez que la manecilla cruzaba el número doce. Decidió levantarse e ir a la máquina de bebidas a por una botella de agua, que además de su garganta, refrescara sus ideas.

Junto a la máquina, intentando obtener un café, reconoció a la chica que presentaba los informativos. Se llamaba Alejandra, con el pelo liso resbalando por sus hombros y con una gafas de diseño que la caracterizaban.

Al acercarse, ella se giró sobresaltada y tras explicarle con timidez que no le había visto venir, le preguntó en qué facultad había estudiado. Él respondió y ella sonriente le comentó que conocía a una chica que cursaba quinto curso en ese mismo lugar, su nombre era Elena Ballester, y le preguntó si por casualidad la conocía.

¡Cómo no iba a conocerla! Elena, su amor platónico en sus últimos años en la universidad, por la que había suspirado, la que le había robado miles de horas de sueño paseando por su cabeza, la misma a la que hacía un año que no veía, volvía ahora a resurgir de las cenizas de su memoria, despertando las pasiones que parecían dormidas y acelerando su corazón como la primera vez que la vio.

Seguramente fue el repentino brillo de sus ojos lo que le delató o quizá el leve tartamudeo que sus palabras produjeron al salir atropelladas de sus labios, pero Alejandra notó al instante que ese nombre no le era indiferente. Cogió su café, lo removió un par de veces y sin perder el contacto visual y la pícara sonrisa, dobló la esquina.

Con la botella de agua en la mano y los recuerdos en la cabeza regresó lentamente a su sitio, redactó la entrevista casi sin esfuerzo y disfrutó de su primer día de trabajo.

«Tú recuerdo sigue aquí, rompe fuerte sobre mí, quema y moja por igual
y ya no sé lo que pensar, si tu recuerdo me hace bien o me hace mal»
Hoy mi canción es: «Tu recuerdo» Ricky Martin y La Mari

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