Al pie del precipicio la vida no parecía tan complicada. Con la corriente de aire fresco impactando contra su cara, las ideas se volvían más claras y las intenciones se tambaleaban como las hojas de los árboles, creando una textura aterciopelada en las laderas de las montañas. Lástima que la determinación le impidiese dar marcha atrás.

La vida sólo tiene sentido vivirla cuando se encuentra un motivo para ello, cuando los beneficios de tu estancia en el mundo son mayores que los bienes que provocaría tu desaparición. A estas alturas, ya no cabía reflexión posible, ya era tarde y darle vueltas a la cabeza, sólo conseguiría demorar incómodamente un momento inevitable.

Ajustando sus pies al borde, respirando profundamente y venciendo el vértigo que siempre había tenido, miró hacia abajo, hacia el fin, hacia su meta. Sus piernas temblaban levemente, forzándole a hacer un gran esfuerzo para mantener el equilibrio y no precipitar el desenlace antes de tiempo. Trató de evitar pensar en el dolor, en la falta de aire, en el pánico, en una posible agonía, pero no lo consiguió y dio un paso atrás.

Sin embargo, sus pensamientos se volvieron a cruzar con la razón de su irreversible decisión y recobró el obstinado ímpetu que le ‘obligó’ a subir aquella cima para librar al mundo del mayor de sus desdichados.

Terminó por sentarse, con los pies colgando sobre el vacío, mientras en su mente se batía en duelo con sus miedos, sus dudas, su tristeza y su profundo dolor. Y así permaneció durante horas, incapaz de poner fin al calvario de su existencia.

El sol se precipitaba sobre el horizonte, incitándole a seguir el mismo camino, tiñendo el cielo de colores rojizos, preparando el paisaje para el momento culmen. Se miró las manos, su imaginación todavía las manchaba de sangre, se cubrió la cara lavándolas con sus lágrimas, que resbalaban por las muñecas hasta ser absorbidas por las mangas de su camisa, hecha harapos desde entonces.

Un minuto es suficiente para cambiar el rumbo de tu vida. Estar en el lugar equivocado, en el momento menos oportuno, cuando se conjuran una serie de factores diversos e inconexos, al menos aparentemente, cuando ni las leyes de la probabilidad darían un duro por ello.

Ya había pasado una semana, pero el tiempo no había hecho más que enraizar el dolor en lo hondo de sus entrañas, hasta empujarle movido por la desesperación a la situación en la que se encontraba, en la que nadie más podría decidir sobre su destino, en la que libraría una batalla a muerte consigo mismo y el único posible resultado sólo podía ser trágico.

Juntando las manos, se arrancó la última espina que continuaba clavada en su alma: esa alianza, la promesa de un amor eterno que se rompió en cuanto fue exhalada, la manifestación de una unión que muere con la vida. Miró el anillo y encerrándolo en su puño y apretándolo con fuerza lo lanzó al vacío y tras él, también se fue su aflicción.

«Quién te amaría tanto que moriría por tu fe,
quién daría todo lo que das y lo que no pediste,
no hace falta una razón si se rompe un corazón,
sólo una palabra: adiós… Después de ti no hay nada…»
Hoy mi canción es: ‘Quién’ Efecto Mariposa

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