El frío del febrero anocheciente se transformó en un segundo en el más cálido día de agosto. El calor se apoderó de su cuerpo como si se hubiese tomado tres chupitos de ron. Las manos nerviosas buscaban un lugar en el aire en el que esconderse, las piernas flaqueaban y amenazaban con dejarle caer. La frente se llenó de sudor como en sus días más febriles y el corazón redoblaba sus latidos ante la sensación de asfixia que inundaba sus pulmones.

Mientras el cuerpo daba la luz de alarma, su mente se colapsaba por la colisión de ideas, pensamientos y frases inacabadas que no podían ser emitidas. Pensó en libros, películas y experiencias análogas que le hubiesen relatado, pensó en sueños, en delirios, en vacíos.

Cuántas veces habría deseado encontrarse en esa situación, cuánto habría esperado para que los elementos se ordenasen al azar ofreciendo la posibilidad que se le presentaba, cuántos diálogos habría construido con su imaginación entorno a momentos como ese, puliendo las palabras con mano de ebanista para obtener en todos los casos un final feliz.

Pero con la emoción del directo, la irreversibilidad del presente y el tacto de la realidad, su esquema de respuestas se vino abajo.

Deseaba poder escupir todos los miedos y fracasos que se dibujaban ante sus ojos, girar su cabeza y decir la palabra mágica que abre los corazones y encadena las almas, pero se dio cuenta de que no le quedaba saliva.

Cerró los ojos buscando la concentración que le permitiese serenarse, recobrar el control de sus miembros, reunir el valor necesario y lanzarse.

Los volvió a abrir y tomando el aire que expiraría convertido en palabras, miró a su alrededor desconcertado. Ella ya no estaba.

‘It’s not warm when she’s away. Ain’t no sunshine when she’s gone’
Hoy mi canción es: ‘Ain’t no sunshine’ Bill Withers

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