Un sendero de álamos perfectamente alineados hacia el infinito punto de fuga, como un pasillo otoñal hacia la nostalgia. El viento fresco se desliza y desnuda sus troncos, tejiendo una alfombra de hojarasca por la que avanza el coche, negro y majestuoso, levantando el polvo y los recuerdos del que sentado en la parte de atrás, regresa al lugar en el que creció.

El reflejo espectral de la luz que se cuela entre las altas copas doradas se imprime a través de las ventanillas en su rostro como un tatuaje dinámico, como el paso del tiempo y el recorrido retrocediente de su mente en busca de esos momentos olvidados que sólo vuelven a la vida en su escenario originario.

El rugido del motor se desvaneció extendiendo su eco por el bosque y dejando en su lugar un silencio molesto, pues sus oídos ya se habían acostumbrado al ruido y las vibraciones del coche en las dos horas y media del viaje.

Dos maletas, el equipaje necesario para una estancia tan breve como un suspiro, tan larga como una vida. El tiempo suficiente para encontrarse como antaño, correteando por las amplias habitaciones de esa casa. Para descubrir esa parte de su pureza pueril que se corrompió al marcharse.

Con el rancio olor a humo del coche que ya se aleja, permanece en pie observando aquella casa, aquel bosque y aquel cielo tan despejado que permite hablar directamente con Dios. ‘Nunca Jamás’ lo llaman en los cuentos, yo prefiero llamarlo hogar.

‘First I planned to stay, but I can’t live this way.
I’m going back home where I was born’
Hoy mi canción es: ‘I’m going back home’ Nina Simone

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